Ellas me lo dijeron, me lo pidieron y más que nada me advirtieron lo devastada que iba a quedar sí por un momento pensaba volver a confiar en ti. Pero se equivocaban. Se equivocaron en el hecho de que no pienso las cosas, simplemente las hago y eso aún es más peligroso.
Sólo queda la serenidad de saber que hice un último intento con un portazo en la nariz.
Queda la rabia de sentirme vacía y sin esperanza.
Queda el valor de volver a creer y la insensatez de hacerlo.
Ellas todas ellas cada una de las mujeres de mi vida me lo advirtieron.
Y aquí estoy escribiendo la inicial de tu nombre al principio de una línea intentando poner punto final cuando esta oración acabe, igual que lo que nunca empezó.
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